Me basta así

domingo, 13 de enero de 2008

 



Si yo fuese Dios


y tuviese el secreto,


haría un ser exacto a ti;


lo probaría


(a la manera de los panaderos


cuando prueban el pan, es decir:


con la boca),


y si ese sabor fuese


igual al tuyo, o sea


tu mismo olor, y tu manera


de sonreír,


y de guardar silencio,


y de estrechar mi mano estrictamente,


y de besarnos sin hacernos daño


—de esto sí estoy seguro: pongo


tanta atención cuando te beso—;


entonces,




si yo fuese Dios,


podría repetirte y repetirte,


siempre la misma y siempre diferente,


sin cansarme jamás del juego idéntico,


sin desdeñar tampoco la que fuiste


por la que ibas a ser dentro de nada;


ya no sé si me explico,


pero quiero aclarar que si yo fuese Dios,


haría lo posible por ser Ángel González


para quererte tal como te quiero,


para aguardar con calma


a que te crees tú misma cada día


a que sorprendas todas las mañanas


la luz recién nacida con tu propia luz,


y corras la cortina impalpable


que separa el sueño de la vida,


resucitándome con tu palabra,


Lázaro alegre,


yo,


mojado todavía de sombras y pereza,


sorprendido y absorto en la contemplación


de todo aquello que, en unión de mí mismo,


recuperas y salvas, mueves,


dejas abandonado cuando —luego— callas...


(Escucho tu silencio.


Oigo


constelaciones: existes.


Creo en ti.


Eres.


Me basta).


Ángel González