Gobiernos que no gobiernan

sábado, 11 de octubre de 2008

 

Alguien ha dicho que España es una nación muerta, que este pueblo es ingobernable y un hervidero de pasiones, entre las cuales no brilla la esperanza. Patente es la contradicción. Donde hierven las pasiones hay vida, y donde hay vida hay esperanzas. De que un pueblo no se deje gobernar por un régimen determinado, no se deduce que sea en absoluto ingobernable.

El alma española considera como transitorio el estado de cosas actual, y quiere una revolución que ponga fin a la interinidad en que el país se encuentra, que es una serie inacabable de perturbaciones, tiranías y represalias, porque las tiranías traen necesariamente la revolución.

No haya tiranía, y el alma española se dejará gobernar.

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Hoy son permitidas las huelgas. Entre los recuerdos vagos y nebulosos de mi primera infancia se destaca, vigorosamente y con terrible claridad, un cuadro de horror. Cuatro soldados, provistos de sendas varas, impelían a varazos, y casi a la carrera, hacia la tahona donde se amasaba el pan de munición que se daba a la tropa de Cádiz, a unos cuantos panaderos que habían dejado el trabajo porque el asentista les había rebajado el jornal.

Todavía resuena en mi oído el varazo que en la casi desnuda espalda recibió, al pasar rozando conmigo, uno de los que hoy llamaríamos huelguistas.

Naturalmente, sólo vive en mi recuerdo la imagen de aquel tropel. La explicación apenas fue comprendida entonces por mí.

El alma española es ingobernable a varazos.

Hoy las huelgas suelen resolverse a tiros, pero el obrero no trabaja a golpes, como en los últimos días de Fernando VII. Si no muere, queda a salvo su dignidad de hombre.

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Hubo un tiempo en que no era inviolable el domicilio; en que no era permitido aspirar a los puestos oficiales por los merecimientos propios, sino por la virtud de rancios pergaminos que testificasen la limpieza de la sangre o la antigüedad de la sangre azul; en que era punible la vitanda manía de pensar; en que la horca se imponía al pensamiento, y en que los hombres más distinguidos del país tenían que comer el pan de la emigración. ¿Podía ser gobernable con la horca y la emigración el alma del país?

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Para asegurar los derechos de la personalidad humana, derramó España la sangre de sus hijos durante una asoladora guerra civil de siete años. La reacción carlista quedó vencida. Pero otra reacción se levantó formidable en medio de los vencedores para privarlos de los derechos conquistados. Gravó la Prensa con el depósito previo y el editor responsable; la esclavizó después con el lápiz rojo de los arbitrarios fiscales de imprenta; hizo enmudecer a la tribuna y a la joven democracia; holló los fueros y la majestad del Parlamento, y al fin, por una insensatez inconcebible, erigió en sistema de gobierno las llagas de Sor Patrocinio y el Patrocinio de las llagas.

¿Podía dejarse gobernar el alma española por las llagas de Sor Patrocinio?

¿Cómo no había de estallar la revolución iniciada en la bahía de Cádiz? ¿Por qué acusar de ingobernable al pueblo que no quiso sufrir el yugo de la monja milagrera?

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El alma española no concibe hoy la existencia sin el desenvolvimiento íntegro de sus facultades físicas, intelectuales y morales, y no quiere la vida sin la inviolabilidad del hogar; sin la libertad de la palabra; la libertad de la Prensa; la libertad del trabajo; la conciencia libre, nunca molestada en la santidad de las creencias; sin la facultad de reunión; sin influencia en las decisiones de la justicia humana por medio del Jurado, y sin intervención en el gobierno de la sociedad por la soberanía del sufragio.

Si se ataca a esta soberanía, el alma española será tan ingobernable como siempre que se ha hecho pesar sobre ella la intolerancia de la arbitrariedad y de la tiranía.

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El alma, española se siente con los bríos de la invención y del progreso. España que enseñó a Europa el arte de la navegación y de la minería, que levantó Catedrales como las de Burgos y Sevilla, León y Toledo; que en las artes del pincel y de la palabra no reconoce rival, se siente avergonzada de que no exista ni un solo apellido de Castilla en la gloriosa falange de los grandes genios cuyas creaciones conducen hacia el progreso a los pueblos civilizados.

La máquina de vapor se denomina de Watt; la caldera tubular lleva el nombre de Seguín; la locomotora el de Stephenson; el telar mecánico fue invención de Arkwright; la pila se debe a Volta; a Davy la luz eléctrica, las aplicaciones de la electricidad han inmortalizado los nombres de Faraday y de Ampère; Niepce y Daguerre hallaron la fotografía; Bunsen y Kirchhoff el análisis espectral; el fonógrafo pertenece a Edisson; el teléfono a Grahan Bell; los rayos X a Roentgen, y a Marconi el telégrafo sin hilos.

España quiere respirar la atmósfera de la invención, para que allí se formen los hombres que han de seguir a Echegaray, Cajal y Torres Quevedo. Quiere un sistema de enseñanza que nutra los entendimientos con la savia del porvenir. Quiere un gobierno que no ponga grillos a la enseñanza, y será ingobernable hasta que tal consiga.

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En España nunca imperaron los horrores del feudalismo en la Edad Media; aquí jamás hubo siervos del terruño, y hoy un generoso espíritu altruista hace mirar con lástima en el corazón al bracero del campo, al obrero del taller y de la fábrica, al marinero que afronta la tempestad y a los que contratan el suicidio para trabajar en las minas de Almadén o de Bilbao.

A todos hay que dar alimento, vestido e instrucción, y hacer que para ellos sean realidades todos los derechos que permiten al hombre moderno el íntegro desenvolvimiento de sus energías físicas, intelectuales y morales, elevándolo a la dignidad de ciudadano desde la de casi esclavo que es ahora.

Mientras que haya latifundios sin cultivo y explotaciones que se alimentan de la salud humana, el país será ingobernable y estará siempre conturbado por las desperaciones de los oprimidos.

El hambre no se deja gobernar por la explotación.

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No hay nada que tenga más fuerzas que las rutinas y las tradiciones, que viven de los privilegios. Pero al correr de los años, el espíritu de lo nuevo penetra en las conciencias, se apodera de la opinión, rechaza las rutinas y se rebela contra las tiranías de lo antiguo. Y ese espíritu nuevo no se deja gobernar por un régimen caduco, y, de no satisfacerse sus exigencias, demanda la satisfacción de sus aspiraciones, si no por medios evolutivos, por el estallido de la revolución.

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No hay país más gobernable que España cuando la nación se siente animada de una idea generosa.

España no quería la guerra contra Cuba, porque España odiaba la esclavitud negrera. Y, sin embargo, dio la flor de su juventud para sostener el prestigio nacional en una guerra provocada por un gobierno incapaz de comprender que era imposible triunfar con nuestros escasos recursos, de una República que, al concluir la guerra de secesión, tenía en el Norte de los Estados Unidos, novecientos mil soldados y en el ya vencido Sur ciento veinte mil, armados y equipados como entonces no los tenía nación ninguna del mundo.

Pretender gobernar con los procedimientos antiguos a los hombres que sienten entusiasmos por los ideales nuevos, es la mayor locura que puede trastornar a los que no tienen fe en lo mismo que defienden. Y el que no tiene fe no puede triunfar de quien la tiene. Sólo acabarán las perturbaciones dejando desarrollar las grandes iniciativas del alma nacional.

España será ingobernable mientras esté mal gobernada.

Gobernar sin fe es desencadenar la revolución.

Eduardo Benot