Te amo

martes, 4 de septiembre de 2007


Te amo.
Te amo de una manera inexplicable.
De una forma inconfesable.
De un modo contradictorio.

Te amo.
Con mis estados de ánimo que son muchos,
y cambian de humor continuamente.
Por lo que ya sabes,
El tiempo.
La vida.
La muerte.
Te amo
con el mundo que no entiendo.
Con la gente que no comprende.
Con la ambivalencia de mi alma.
Con la incoherencia de mis actos,
Con la fatalidad del destino.
Con la conspiración del deseo.
Con la ambigüedad de los hechos.
Aún cuando te digo que no te amo, te amo.
Hasta cuando te engaño, no te engaño.
En el fondo, llevo a cabo un plan,
para amarte... mejor.
Pues, aunque no lo creas, mi piel
extraña enormemente
la ausencia de tu piel.

Te amo.
Sin reflexionar, inconscientemente,
irresponsablemente,
espontáneamente,
involuntariamente,
por instinto,
por impulso,
irracionalmente.
En efecto no tengo argumentos lógicos,
ni siquiera improvisados
para fundamentar este amor que siento por ti,
que surgió misteriosamente de la nada,
que no ha resuelto mágicamente nada,
y que milagrosamente, de a poco, con poco y nada
ha mejorado lo peor de mi.

Te amo.
Te amo con un cuerpo que no piensa,
con un corazón que no razona,
con una cabeza que no coordina.

Te amo
incomprensiblemente.
Sin preguntarme, por qué te amo.
Sin importarme por qué te amo.
Sin cuestionarme por qué te amo.

Te amo
sencillamente porque te amo.
Yo mismo no se por qué te amo.
Gian Franco Pagliaro

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lunes, 3 de septiembre de 2007

Una imagen divina


La crueldad tiene corazón humano
y la envidia humano rostro;
el terror reviste divina forma humana
y el secreto lleva ropas humanas.


Las ropas humanas son de hierro forjado,
la forma humana es fragua llameante,
el rostro humano es caldera sellada
y el corazón humano, su gola hambrienta.

William Blake

William Blake

domingo, 2 de septiembre de 2007

La verdad

sábado, 25 de agosto de 2007


No tu verdad, la verdad

y ven conmigo a buscarla.

La tuya, guárdatela.



Antonio Machado

La marea

viernes, 24 de agosto de 2007

Funes el memorioso

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887...
Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras.
Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propaga en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre.
Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo.
En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce,más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

Jorge Luis Borges
Ficciones

La muerte

jueves, 23 de agosto de 2007


Ni temor ni esperanza dan auxilio
al animal que muere;
un hombre aguarda su final
con temor y esperanza;
muchas veces murió,
muchas resucitó.
Un hombre en su esplendor,
al dar con asesinos
se toma con desdén
el cambio del aliento.
Sabe de muerte hasta los huesos,
el hombre creó la muerte.

William Butler Yeats

La magia de la solidaridad

martes, 21 de agosto de 2007

Cuando yo era el niñodios


Cuando yo era el niñodios, era Moguer, este pueblo,
una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro.
Cada casa era palacio y catedral cada templo;
estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo;
y por esas viñas verdes saltaba yo con mi perro,
alegres como las nubes, como los vientos, ligeros,
creyendo que el horizonte era la raya del término.

Recuerdo luego que un día en que volví yo a mi pueblo
después del primer faltar, me pareció un cementerio.
Las casas no eran palacios ni catedrales los templos,
y en todas partes reinaban la soledad y el silencio.
Yo me sentía muy chico, hormiguito de desierto,
con Concha la Mandadera, toda de negro con negro,
que, bajo el tórrido sol y por la calle de Enmedio,
iba tirando doblada del niñodios y su perro:
el niño todo metido en hondo ensimismamiento,
el perro considerándolo con aprobación y esmero.

¡Qué tiempo el tiempo! ¿Se fue con el niñodios huyendo?
¡Y quién pudiera ser siempre lo que fue con lo primero!
¡Quién pudiera no caer, no, no, no caer de viejo;
ser de nuevo el alba pura, vivir con el tiempo entero,
morir siendo el niñodios en mi Moguer, este pueblo!
Juan Ramón Jiménez

Piet Mondrian

lunes, 20 de agosto de 2007

PAZ

domingo, 19 de agosto de 2007


¡Miradla! Llega con toda su potencia
esa fuerza que no tiene poder,
esa luz que está en la oscuridad,
esa sombra de una luz deslumbradora.
Es dicha que jamás logró expresarse
y dolor que no se siente, de tan profundo.
Es la vida inmortal no vivida,
la eterna muerte no llorada.
No es alegría ni pena,
sino aquello que entra ambas está;
ni es la noche ni es la alborada
sino lo que uniéndolas va.
Es dulce pausa en la música,
descanso breve en el arte sagrado,
silencio que se produce al hablar;
y entre dos paroxismos de pasión
ella es la paz del corazón.
Es bella jamás contemplada,
amor solitario que en su aislamiento se afirma.
Es una canción viviente que nunca será cantada,
Es la sabiduría que jamás comnoceremos.
Es la muerte entre dos vidas,
entre dos tormentas la quietud que arrolla.
Es el vacio de donde surgió la creación,
ese aterrador vacio al cual retornará.
Allí va a parar la lágrima,
para transformarse en sonrisa.
Es la meta de la vida
Y su único hogar: ¡es la Paz!

Vivekananda

Advertencia


Si alguna vez sufres -y lo harás-
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es sólo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.
Soporta tu dolor en soledad,
porque el merecimiento aun de la adversidad mayor
está justificado si fuiste
desleal a tu conciencia, no apostando
sólo por el amor que te entregaba
su esplendor inocente, sus intocados mundos.

Así que cuando sufras -y lo harás-
por alguien que te amó, procura siempre
acusarte a ti mismo de su olvido
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato.
Y aprende que la vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente.
Y aprende dignidad en tu derrota,
agradeciendo a quien te quiso
el regalo fugaz de su hermosura.

Felipe Benítez Reyes
De «Los vanos mundos»

Nómadas (F. Battiato)

martes, 14 de agosto de 2007

La enfermedad

domingo, 12 de agosto de 2007

La enfermedad es el lado nocturno de la vida.
Dos enfermedades conllevan, por igual y con la misma aparatosidad, el peso agobiador de la metáfora: la tuberculosis y el cáncer.
Las fantasías inspiradas por la tuberculosis en el sigloXIX y por el cáncer hoy, son reacciones ante enfermedades consideradas intratables y caprichosas. A lo largo de casi toda su historia, los usos médicos de la tuberculosis y el cáncer se entrecruzan y superponen.
La semejanza notable entre los mitos de la tuberculosis y del cáncer se debe, en primer término, a que se cree, o se creía, que ambas son enfermedades de la pasión:
-Según la mitología, hay siempre un sentimiento apasionado que provoca y que se manifiesta en un brote de tuberculosis. Pero las pasiones deben ser frustradas, las esperanzas deben marchitar.
-Según la mitología, lo que generalmente causa el cáncer es la represión constante de un sentimiento. La causa del cáncer es la represión de sentimientos violentos. La pasión reprimida que la gente cree que da cáncer es la rabia.
A medida que los sentimientos excesivos se vuelven aceptables, la enfermedad se transforma en vehículo de esos sentimientos. La tuberculosis pone de manifiesto un deseo intenso. La enfermedad revela deseos que el paciente probablemente ignoraba.
Los primeros románticos trataban de ser superiores siendo los que más deseaban, o los que más deseaban desear. El romanticismo contemporáneo parte del principio inverso: son los otros quienes desean ardientemente, y soy yo (la primera persona es típica) quien está exento de todo deseo.
En general, y quizá porque la depresión, tan poco romántica, ha desplazado la idea romántica de melancolía, el cáncer, al contrario de la tuberculosis, es impropio de una personalidad romántica. «Una ocasional vena melancólica», escribía Poe, «será siempre inseparable de la perfección de lo bello». La depresión es la melancolía sin sus encantos, sin su animación ni sus rachas.
La tuberculosis y el cáncer han servido expresar no sólo (como la sífilis) groseras fantasías en materia de contaminación, sino sentimientos relativamente complejos sobre la fuerza, y la debilidad, y sobre la energía. La tuberculosis fue el equivalente metafórico de la delicadeza, la sensibilidad, la tristeza, la impotencia; mientras que lo brutal, lo implacable, lo rapaz, se emparentaba al cáncer. No bien se habla de cáncer,
las matáforas provienen del vocabulario de la guerra. Las células invaden, los tumores malignos, las defensas del organismo, matar las células cancerosas…
Si la tuberculosis era la enfermedad del Yo enfermo, el cáncer es la enfermedad de lo Otro. La tuberculosis estaba asociada con la polución y ahora el cáncer se debe a la contaminación del mundo entero. La tuberculosis era “la peste Blanca”. Desde que se tiene conciencia de la existencia de la polución ambiental, se ha comenzado a hablar de una “epidemia”, una “plaga” de cáncer.

Susan Sontag*

La leyenda del espantapájaros

sábado, 11 de agosto de 2007

La guerra

Ya comenzó ella la lanza por los montes,
gritando: arriba y adelante, guerreros.
Al moverse su cabeza oscura
suena sonora la cadena de mil cráneos colgados.

Como una torre aplastada las postreras llamas,
donde huye el día, rojos están los ríos de sangre.
Muertos innumerables flotan ya entre los juncos…
Blanquecinas los cubren las recias aves de la muerte.

Ahuyenta el fuego hacia la noche, a través de los campos,
un perro rojo, con un aullido de feroces fauces.
El mundo negro de las noches surge de las nieblas
en tanto los volcanes sus bordes iluminan.

Y los oscuros llanos salpicados están
con millares de gorros de dormir
y todo cuanto cruza corriendo por las calles
a las brasas lo arroja para atizar la llama.

Georg Heym (1887-1912)

El Niño Cinco Mil Millones

viernes, 10 de agosto de 2007

En un día del año 1987 nació el niño Cinco Mil Millones. Vino sin etiqueta, así que podía ser negro, blanco, amarillo, etc. Muchos países, en ese día eligieron al azar un niño Cinco Mil Millones para homenajearlo y hasta para filmarlo y grabar su primer llanto.

Sin embargo, el verdadero niño Cinco Mil Millones no fue homenajeado ni filmado ni acaso tuvo energías para su primer llanto. Mucho antes de nacer ya tenía hambre. Un hambre atroz. Un hambre vieja. Cuando por fin movió sus dedos, éstos tocaron tierra seca. Cuarteada y seca. Tierra con grietas y esqueletos de perros o de camellos o de vacas. También con el esqueleto del niño 4,999,999,999.

El verdadero niño Cinco Mil Millones tenía hambre y sed, pero su madre tenía más hambre y más sed y sus pechos oscuros eran como tierra exahusta. Junto a ella, el abuelo del niño tenía hambre y sed más antiguas aún y ya no encontraba en si mismo ganas de pensar o creer.

Una semana después el niño Cinco Mil Millones era un minúsculo esqueleto y en consecuencia disminuyó en algo el horrible riesgo de que el planeta llegara a estar superpoblado.
Mario Benedetti
Despistes y Franquezas 1990.

Sombras

domingo, 5 de agosto de 2007

Más allá

miércoles, 1 de agosto de 2007


más allá del dolor y del placer la carne
inescrutable
balbuceando su lenguaje de sombras y brumosos
colores

la carne convertida en paisaje
en tierra en tregua en acontecimiento
en pan inesperado y en miel
en orina en leche en abrasadora sospecha
en océano
en animal castigado
en evidencia y en olvido

viendo la carne tan cerrada y distante
me pregunto
qué hace allí la vida simulando

el cabello a veces tan cercano
que extravía al ojo en su espesura
las bisagras silenciosas cediendo
lagrimeando tornasol
y esa otra fronda inexplorada
en donde el tacto confunde
el día con la noche

fresca hermosa muerte a la mitad del lecho
donde los miembros mutilados retoñan
mientras la lengua gira como una estrella

flor de carne carnívora
entre los dientes de carbón

ah la voz gangosa entrecortada dulcísima del
amor
saciándote saciándose saboreando el ciego
bocado

los mondos los frágiles huesecillos del amor
ese fracaso ese hambre
esa tristeza futura
como el cielo de una jaula

la tierra gira
la carne permanece
cambia el paisaje
las horas se deshojan

es el mismo río que se aleja o se acerca
tedioso espejo con la misma gastada luna de
yeso
que se esponja hasta llenar el horizonte
con su roñosa palidez

merodean las bestias del amor en esa ruina
florece la gangrena del amor
todavía se agitan las tenazas elásticas
los pliegues insondables laten
reino de ventosas nacaradas
osario de mínimos pájaros

primavera de suaves gusanos agrios
como la bilis materna

más allá del dolor y del placer
la negra estirpe
el rojo prestigio
la mortal victoria de la carne


Blanca Varela (Lima, 1926)

Yo quisiera

martes, 31 de julio de 2007

Yo quisiera ante ti deshojar mil rosas,
Y quemar el incienso en mil pebeteros de oro,
Acostarme a tus pies y, olvidando las cosas,
Contemplar tu semblante mientras llega la muerte.

Y cuando Ella llegue, inclínate sobre mi lecho,
Para que en el día del Gran Despertar tenga yo la felicidad
De sentir en mi boca tu beso vivo,
Y conservar tu dulzura toda la eternidad.

En ¿Qué? La eternidad.

Michel de Crayencour

El poder de la infancia

viernes, 27 de julio de 2007


—¡Que lo maten! ¡Que lo fusilen! ¡Que fusilen inmediatamente a ese canalla...! ¡Que lo maten! ¡Que corten el cuello a ese criminal! ¡Que lo maten, que lo maten...! —gritaba una multitud de hombres y mujeres, que conducía, maniatado, a un hombre alto y erguido. Este avanzaba con paso firme y con la cabeza alta. Su hermoso rostro viril expresaba desprecio e ira hacia la gente que lo rodeaba.
Era uno de los que, durante la guerra civil, luchaban del lado de las autoridades.
Acababan de prenderlo y lo iban a ejecutar.
"¡Qué le hemos de hacer! El poder no ha de estar siempre en nuestras manos. Ahora lo tienen ellos. Si ha llegado la hora de morir, moriremos. Por lo visto, tiene que ser así", pensaba el hombre; y, encogiéndose de hombros, sonreía, fríamente, en respuesta a los gritos de la multitud.
—Es un guardia. Esta misma mañana ha tirado contra nosotros —exclamó alguien.
Pero la muchedumbre no se detenía. Al llegar a una calle en que estaban aún los cadáveres de los que el ejército había matado la víspera, la gente fue invadida por una furia salvaje.
—¿Qué esperamos? Hay que matar a ese infame aquí mismo. ¿Para qué llevarlo más lejos?
El cautivo se limitó a fruncir el ceño y a levantar aún más la cabeza. Parecía odiar a la muchedumbre más de lo que ésta lo odiaba a él.
—¡Hay que matarlos a todos! ¡A los espías, a los reyes, a los sacerdotes y a esos canallas!
Hay que acabar con ellos, en seguida, en seguida... —gritaban las mujeres.
Pero los cabecillas decidieron llevar al reo a la plaza.
Ya estaban cerca, cuando de pronto, en un momento de calma, se oyó una vocecita infantil, entre las últimas filas de la multitud.
—¡Papá! ¡Papá! —gritaba un chiquillo de seis años, llorando a lágrima viva, mientras se abría paso, para llegar hasta el cautivo—. Papá ¿qué te hacen? ¡Espera, espera! Llévame contigo, llévame...
Los clamores de la multitud se apaciguaron por el lado en que venía el chiquillo. Todos se apartaron de él, como ante una fuerza, dejándolo acercarse a su padre.
—-¡Qué simpático es! —comentó una mujer.
—¿A quién buscas? —preguntó otra, inclinándose hacia el chiquillo.
—¡Papá! ¡Déjenme que vaya con papá! —lloriqueó el pequeño.
—¿Cuántos años tienes niño?
—¿Qué van a hacer con papá?
—Vuelve a tu casa, niño, vuelve con tu madre —dijo un hombre.
El reo oía ya la voz del niño, así como las respuestas de la gente. Su cara se tornó aún más taciturna.
—¡No tiene madre! —exclamó, al oír las palabras del hombre.
El niño se fue abriendo paso hasta que logró llegar junto a su padre; y se abrazó a él.
La gente seguía gritando lo mismo que antes: "¡Que lo maten! ¡Que lo ahorquen! ¡Que fusilen a ese canalla!"
—¿Por qué has salido de casa? —preguntó el padre.
—¿Dónde te llevan?
—¿Sabes lo que vas a hacer?
—¿Qué?
—¿Sabes quién es Catalina?
—¿La vecina? ¡Claro!
—Bueno, pues..., ve a su casa y estáte ahí... hasta que yo... hasta que yo vuelva.
—¡No; no iré sin ti! —exclamó el niño, echándose a llorar.
—¿Por qué?
—Te van a matar.
—No. ¡Nada de eso! No me van a hacer nada malo.
Despidiéndose del niño, el reo se acercó al hombre que dirigía a la multitud.
—Escuche; máteme como quiera y donde le plazca; pero no lo haga delante de él — exclamó, indicando al niño—. Desáteme por un momento y cójame del brazo para que pueda decirle que estamos paseando, que es usted mi amigo. Así se marchará. Después..., después podrá matarme como se le antoje.
El cabecilla accedió. Entonces, el reo cogió al niño en brazos y le dijo:
—Sé bueno y ve a casa de Catalina.
—¿Y qué vas a hacer tú?
—Ya vez, estoy paseando con este amigo; vamos a dar una vuelta; luego iré a casa. Anda, vete, sé bueno.
El chiquillo se quedó mirando fijamente a su padre, inclinó la cabeza a un lado, luego al otro, y reflexionó.
—Vete; ahora mismo iré yo también.
—¿De veras?
El pequeño obedeció. Una mujer lo sacó fuera de la multitud.
—Ahora estoy dispuesto; puede matarme —exclamó el reo, en cuanto el niño hubo desaparecido. Pero, en aquel momento, sucedió algo incomprensible e inesperado. Un mismo sentimiento invadió a todos los que momentos antes se mostraron crueles, despiadados y
llenos de odio.
—¿Sabéis lo que os digo? Debíais soltarlo —propuso una mujer.
—Es verdad. Es verdad —asintió alguien.
—¡Soltadlo! ¡Soltadlo! —rugió la multitud.
Entonces, el hombre orgulloso y despiadado que aborreciera a la muchedumbre hacía un instante, se echó a llorar; y, cubriéndose el rostro con las manos, pasó entre la gente, sin que nadie lo detuviera.


León Tolstoi

Tiempo de los antídotos

La edad me ha ido dejando
sin venenos, malgasté poco a poco
esa fortuna,

¿qué más puedo perder?

Es el tiempo ruin de los antídotos.
Materia devaluada, la aventura
disiente de ella misma y se aminora.
Ya sólo quedan rastros de peligros,
una zona prohibida apenas frecuentada,
la pauta exigua de lo inconfesable,
cierto amargo fugaz de furia y desacato.

La osadía de bordes delictivos,
los deseos gastados
en los turbios dispendios de la infidelidad,
la virtud y la inercia depravada,
el amor desangrándose
como un licor impuro, la excitante
trastienda de la noche,

¿qué se hicieron?

Los años, ay de mí, me han desmentido.

José Manuel Caballero Bonald

El mundo de la seguridad

Educados en el silencio, la tranquilidad y la austeridad,
de repente se nos arroja al mundo;
cien mil olas nos envuelven,
todo nos seduce, muchas cosas nos atraen,
otras muchas nos enojan, y de hora en hora
titubea un ligero sentimiento de inquietud;
sentimos y lo que sentimos
lo enjuaga la abigarrada confusión del mundo.
GOETHE

A Ana

jueves, 26 de julio de 2007


Día extraño que

en trabajoso pecho

absorbe los celos

de pasiones lejanas,


Miradas dulces que

al tiempo de muchos

olería a espuma

de no ser por tus ojos.


Verdades en fines

aún acompañada

de amigos tibios...

sin culpa


Soles como tu cara

y sin tiempo

a quejarse...

hola.

Legna Lisat

Sé todos los cuentos

miércoles, 25 de julio de 2007

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan
con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan
con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran
con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
León Felipe

Palabras sabias

sábado, 21 de julio de 2007



"Digo otra vez que no tengo discípulos... Cada uno de vosotros puede ser discípulo de la verdad si entiende que la verdad es no seguir a individuos. ¿No es más simple hacer de la vida misma la meta, el guía, el maestro y el Dios, que tener intermediarios, gurus, quienes inevitablemente rebajan la verdad y por lo tanto la traicionan?.. No me citen después como una autoridad. Rehuso ser para ustedes una muleta. No voy a dejar que me pongan en una jaula para adorarme."

"Sostengo que la verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta... Sólo estoy interesado en una cosa esencial: hacer que el hombre sea libre. Deseo liberarlo de todas las jaulas, de todos los temores, y no fundar nuevas religiones, nuevas sectas, ni establecer nuevas teorías y nuevas filosofías".

" La verdadera sencillez, la sencillez fundamental, sólo puede originarse en el fuero íntimo; y de ahí proviene la expresión externa. Cómo ser sencillos es entonces nuestro problema; porque esa sencillez nos hace más y más sensibles. Una mente sensible, un corazón sensible son esenciales, pues así uno es capaz de percepción rápida, de pronta captación.
Es, pues, indudable, que sólo se puede ser interiormente sencillo cuando uno comprende los innumerables impedimentos, apegos, temores, que a uno lo tienen sujeto.
Pero a la mayoría de nosotros nos gusta estar sujetos a las personas, a las posesiones, a las ideas. Nos gusta ser prisioneros. Interiormente somos prisioneros, aunque en lo externo parezcamos muy sencillos. Interiormente somos prisioneros de nuestros deseos, de nuestros apetitos, de nuestros ideales, de innumerables móviles.
Y la sencillez no puede hallarse, a menos que seamos interiormente libres.
Ella, por lo tanto, ha de empezar primero en lo interno, no en lo exterior... "

Jiddu Krishnamurti

Fragmentos de "La libertad primera y última"

Cantando un sueño

A veces me pregunto si estoy herido,
por algo que me duele o me ha dolido
y si algo se me pierde o está perdido,
en cosas que estoy siendo o en las que he sido.

Y entonces me respondo que las heridas
son condecoraciones muy escondidas
y si he perdido cosas en la partida,
estoy sumando historias para la vida.

Por eso empiezo el día
cantando un sueño,
la luz de la alegría
no tiene dueño.

A veces me pregunto si me he olvidado,
de todos los olvidos que me han dejado
y si ha quedado el árbol muy desgajado,
con pájaros de arena y amor gastado.

Y entonces me respondo que los olvidos
son faros que en la sangre llevo encendidos
y el árbol generoso no está perdido,
le brotan los gorriones que siempre han sido.

Hamlet Lima Quintana

Submission

viernes, 20 de julio de 2007

Ave, dea, moriturus te salutat

martes, 17 de julio de 2007


La belleza y la muerte son dos cosas profundas,
con tal parte de sombra y de azul que diríanse
dos hermanas terribles a la par que fecundas,
con el mismo secreto, con idéntico enigma.
Oh, mujeres, oh voces, oh miradas, cabellos,
trenzas rubias, brillad, yo me muero, tened
luz, amor, sed las perlas que el mar mezcla a sus aguas,
aves hechas de luz en los bosques sombríos.
Más cercanos, Judith, están nuestros destinos
de lo que se supone al ver nuestros dos rostros;
el abismo divino aparece en tus ojos,
y yo siento la sima estrellada en el alma;
mas del cielo los dos sé que estamos muy cerca,
tú porque eres hermosa, yo porque soy muy viejo.

Victor Hugo

Una canción en la tormenta

lunes, 16 de julio de 2007

Rembrandt "Tormenta en el mar de Galilea"

Asegúrate bien de que a tu lado peleen
los océanos eternos, aunque esta noche
el viento en contra y las mareas
nos hagan su juguete.
A fuerza de tiempo, no de guerra,
en medio del peligro nos guiamos:
Sea bienvenido entonces la descortesí del Destino
dondequiera que aparezca
en todo tiempo de angustia y también
en el de nuestra salvación,
el juego vence siempre al jugador
y el barco a su tripulación.

De la niebla salen rumbo a la tiniebla
las olas que brillan y ser encrespan.
Casi estas aguas sin conciencia se comportan
como si tuvieran alma
casi como si hubieran pactado sumergir
nuestra bandera debajo de sus aguas verdes:
sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que pueda verse, etc

Asegúrate bien, a pesar de que las olas y el viento
en reserva guardan ráfagas aún más poderosas,
que los que cumplimos las guardias asignadas
ni por un instante descuidemos la vigilancia.
Y mientras nuestra proa flotando rechaza
cada carrera frustrada de las olas,
canta, sea bienvenida la descortesía del Destino
dondequiera que se desvele, etc.

No importa que sea barrida la cubierta
y se rompan la arboladura, el maderamen
de cualquier pérdida podemos sacar provecho
salvo la pérdida del regreso.
Por eso entre estos Diablos y nuestra astucia
deja que la cortesía de las trompetas suene,
y que sea bienvenida la descortesía del Destino,
dondequiera que se encuentre, etc.

Asegúrate bien, aunque en poder nuestro
nada quede para dar
salvo sitio y fecha para encontrar el fin,
y deja de esforzarte por vivir,
que hasta que éstos se disuelvan, nuestra Orden se mantiene,
nuestro Servicio aquí nos ata.
Sea bienvenida entonces la descortesía del Destino,
dondequiera que aparezca,
en todo tiempo de angustia y también
en el de nuestro triunfo,
el juego vence siempre al jugador
y el barco a su tripulación.
Joseph Rudyard Kipling (1865-1936)

Al otro lado de las montañas

domingo, 15 de julio de 2007


Alguien dijo que había ciudades para soñar

al otro lado de las montañas.

No dijo si estaban suspendidas en el aire,

sumergidas en las lagunas,

o perdidas en el corazón del bosque.

Los que allá fueron nada encontraron,

ni altas torres ni jardines

ni mujeres hilando en el atrio,

ni un muchacho aprendiendo a tocar la gaita.

Solo yo traje algo para seguir soñando

algo visto y no visto en la niebla de la mañana,

algo que era una flor o un mirlo de oro

o un pie descalzo de mujer,

un sueño de otro que se ponía a dormir en mi,

echado en mis ojos,

pidiéndome que lo soñase mas allá de las montañas,

donde no hay ciudades para soñar.

Y ahora mi oficio es soñar, y no se

si soy yo quien sueño, o es que por mi sueñan

campos, miradas azules, palomas que juegan con un niño,

o una mano pequeña y fría que me acaricia el corazón.
Alvaro Cunqueiro

Pamplona

sábado, 7 de julio de 2007

Perfume de mujer- Tango

sábado, 30 de junio de 2007

Decir te quiero

jueves, 28 de junio de 2007



Decir "te quiero" con la voz velada

y besar otros labios dulcemente,

no es tener sed, es encontrar la fuente

que nos brinda la boca enamorada.




Un beso así no quiere decir nada,

es ceniza de amor, no lava hirviente,

que en amor hay que estar siempre presente,

mañana, tarde, noche y madrugada.



Que cariño es más potro que cordero,

más espina que flor, sol, no lucero,

perro en el corazón, candela viva...



Lo nuestro no es así, a qué engañarnos,

lo nuestro es navegar sin encontrarnos,

a la deriva, amor, a la deriva.

Rafael de León

Man Ray

martes, 26 de junio de 2007

Futuro

Y se muy bien que no estarás.
No estarás en la calle
en el murmullo que brota de la noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia los completos en los subtes
ni en los libros prestados,
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás,
o en el color de un par de guanteso una blusa.
Me enojaré
amor mío
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás
y diré las cosas que sé decir
y comeré las cosas que sé comer
y soñaré los sueños que se sueñan.
Y se muy bien que no estarás
ni aquí dentro de la cárcel donde te retengo,
ni allí afuera
en ese río de calles y de puentes.
No estarás para nada,
no serás mi recuerdo
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.
Julio Cortazar

Deseo

domingo, 24 de junio de 2007


Te deseo primero que ames, y que amando,
también seas amado. Y que, de no ser así,
seas breve en olvidar y que después de olvidar,
no guardes rencores. Deseo, pues, que no sea así,
pero que si es, sepas ser sin desesperar.

Te deseo también que tengas amigos,
y que, incluso malos e inconsecuentes,
sean valientes y fieles,
y que por lo menos haya uno
en quien puedas confiar sin dudar.
Y porque la vida es así,
te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta,
para que, algunas veces, te cuestiones tus propias certezas.
Y que entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro.

Te deseo además, que seas útil, más no insustituible.
Y que en los momentos malos, cuando no quede mas nada,
esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante;
no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil,
sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente,
y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
sirvas de ejemplo a otros.

Te deseo que siendo joven no madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer y su dolor
y es necesario dejar que fluyan entre nosotros.

Te deseo de paso que seas triste.
No todo el año, sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras
que la risa diaria es buena,
que la risa habitual es sosa
y la risa constante es malsana.

Te deseo que descubras, con urgencia máxima,
por encima y a pesar de todo, que existen,
y que te rodean, seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.

Te deseo que acaricies un gato,
alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero
erguir triunfante su canto matinal,
porque de esta manera,
te sentirás bien por nada.

Deseo también que plantes una semilla,
por más minúscula que sea,
y la acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuántas vidas
está hecho un árbol.

Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico.
Y que por lo menos una vez por año
pongas algo de ese dinero frente a ti
y digas: “Esto es mío",
sólo para que quede claro
quién es el dueño de quién.

Te deseo también que ninguno de tus afectos muera,
pero que si muere alguno,
puedas llorar sin lamentarte
y sufrir sin sentirte culpable.

Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer,
y que siendo mujer, tengas un buen hombre,
mañana y al día siguiente,
y que cuando estén exhaustos y sonrientes,
hablen sobre el amor para recomenzar.

"Si todas estas cosas llegaran a pasar,
no tengo más nada que desearte,
sino que seas feliz".

AUTOR: VICTOR HUGO

Tu partida

sábado, 23 de junio de 2007


Te irás poco a poco, en silencio
como se van las horas, como se va el tiempo
y no queda sino el sabor amargo de la despedida
el tenue instante de una mano diciendo adiós
sólo quedará el lamento desesperado
las lágrimas resbalando en mis mejillas
y un dolor, una herida, en mi pobre corazón.

Te vas y mientras te contemplo en la distancia
rememoro el dulce instante del encuentro
y los momentos pasados a tu lado
las palabras dichas, los besos robados
y me quedo sin futuro, sin presente, sin pasado
y una pregunta en el aire que ninguno de los dos
por mucho que pase el tiempo, acertará a contestar.
Mario Benedetti

Valor

viernes, 22 de junio de 2007


Un día volverá

miércoles, 20 de junio de 2007

Un día volverá
esa visión sin huella
esa luz inconforme
con todo lo soñado,
la hélice capaz
de dar a luz un viento
incontenible
que lo avasalla todo
y será nuevo el mundo
nuevo y tan tierno
como un brote de sol
en primavera
Resurrección sin tregua
que nos regalará una piel
diferente.

Ernestina de Champourcin

La búsqueda

lunes, 18 de junio de 2007


No es mi vida feliz,

le hace falta un impulso de otra vida,

un ritual nuevo

que cercene el poder de la memoria;

un espejo, quizás, donde al mirarme

no surjan los fantasmas de otros tiempos

que pululan todavía en las estancias viejas.


La felicidad mía sólo encuentra las sombras,

sólo habita en el imperio de la pesadumbre.


Ésa es mi belleza interior:

la que nadie reclama.

José Luis de la Vega

Joan Manuel Serrat - Mediterráneo

domingo, 17 de junio de 2007

XXXIX- Cultivo una rosa blanca

Cultivo una rosa blanca,
En julio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni oruga cultivo:
Cultivo la rosa blanca.
José Martí (1853-1895)

Cancion 8

viernes, 15 de junio de 2007


Aunque algunos te digan que he venido


Aunque algunos te digan que he venido
a quitarte el trabajo o que he venido
a mezclar mi color con tu color
(a saber qué saldrá de todo eso,
te lo han dicho también, no me lo niegues),
que he venido a quedarme, qué sé yo,
con el pan de tu mesa y que retrasan
en Primero mis hijos a los tuyos,
antes de presentarnos ya me has puesto
un nombre que no es mío en vez, amigo,
de escucharte decir esta es mi mano,
hola, qué tal estás, sé bienvenido.

Alfonso Pascal Ros

Noche de médico

miércoles, 13 de junio de 2007


No sé por qué conservo tan grabado el recuerdo de aquella noche. El médico de un pueblo vecino me avisó para que fuera a ayudarle en una operación. Recibí su recado por la tarde, una tarde de otoño triste y oscura.
Las nubes bajas se disolvían lentamente en una continua lluvia que dejaba lágrimas cristalinas en las ramas deshojadas de los árboles.
Las casas de la aldea, con las paredes ennegrecidas, parecían agrandarse en la niebla. Cuando las ráfagas impetuosas de viento barrían el agua de la atmósfera, se veía, como al descorrerse un telón, las casas agrupadas del pueblo, por cuyas chimeneas escapaba con lentitud el humo de los hogares, a perderse en el ambiente gris que lo envolvía todo.
Precedido por el labriego que había venido a buscarme, comenzamos e internarnos en el monte. Yo montaba en un viejo caballo, que iba tropezando a cada momento. El camino se dividía en unos sitios en estrechísimas sendas, terminaba a veces en prados cubiertos de hierba amarillenta, esmaltada por las campanillas purpúreas de las digitales, y subía y bajaba los senderos al cruzar una serie de colinas que, como enormes olas, se presentaban bajo un monte, olas que fueron quizá cuando la tierra más joven era una masa fluida originada de una nebulosa.
Oscureció, y seguimos marchando. Mi guía encendió un farol.
A veces rompía el augusto silencio alguna canción del país, cantada por un labriego que segaba la hierba para las vacas. El camino bordeaba las heredades de los caseríos. El pueblo estaba cerca. Se le veía a lo lejos sobre una loma, y señal de su vida eran dos o tres puntos luminosos que brillaban en su montón sombrío de casas. Llegamos al pueblo, y seguimos adelante; la casa se hallaba más lejos, en un recodo del sendero. Estaba oculta entre viejas encinas, robles corpulentos y hayas de monstruosos brazos y de plateada corteza. Parecía mirar de soslayo hacia el camino y esconderse para ocultar su miseria.
Entré en la cocina del caserío; una vieja mecía en la cuna a un niño.
—El otro médico está arriba —me dijo.
Subí por una escalera al piso alto. De un cuarto cuya puerta daba al granero, escapaban lamentos roncos, desesperados, y un ¡ay, ené! , regular, que variaba de intensidad, pero que se repetía siempre.
Llamé, y el médico, mi compañero, me abrió la puerta. Del techo del cuarto colgaban trenzas de mazorcas de maíz; en las paredes, blancas por la cal, se veían dos cromos, uno de un Cristo y otro de la Virgen. Un hombre, sentado sobre un arca, lloraba en silencio; en el lecho, la mujer con la cara lívida, sin fuerzas más que para gemir, se abrazaba a su madre... Entraba libremente el viento en el cuarto por los intersticios de la ventana, y en el silencio de la noche resonaban potentes los mugidos de los bueyes...
Mi compañero me explicó el caso, y allá en un rincón hablamos los dos grave y sinceramente, confesando nuestra ignorancia, pensando únicamente en salvar a la enferma.
Hicimos nuestros preparativos. Se colocó en la cama a la mujer... Su madre huyó llena de terror…
Templé los fórceps en agua caliente, y los fui pasando a mi compañero, que colocó fácilmente una hoja del instrumento, después con más dificultad la otra; luego cerró el aparato. Entonces hubo, ayes, gritos de dolor, protestas de rabia, rechinamiento de dientes...; después mi compañero, tembloroso, con la frente llena de sudor, hizo un esfuerzo nervioso, hubo una pausa, seguida de un grito estridente, desgarrador...
Había terminado el martirio; pero la mujer era ya madre, y, olvidando sus dolores, me preguntó, tristemente:
—¿Muerto?
—No, no —le dije yo.
Aquella masa de carne que sostenía en mis manos nos vivía, respiraba. Poco después el niño gritaba, con un 'chillido agudo.
—¡Ay, ené! —murmuró la madre, envolviendo con la misma frase, que le servía para expresar sus dolores, todas sus felicidades...
Tras de un largo rato de espera, los médicos salimos de la casa. Había cesado de llover; la noche estaba húmeda y templada; por entre jirones de las negras nubes aparecía la luna iluminando un monte cercano con sus pálidos rayos. Caminaban por el cielo negros nubarrones, y el viento al azotar los árboles murmuraba como el mar oído desde lejos.
Mi compañero y yo hablábamos de la vida del pueblo; de Madrid, que se nos aparecía como un foco de luz, de nuestras tristezas y de nuestras alegrías. Al llegar al recodo del camino nos despedimos:
—¡Adiós! —me dijo él.
—¡Adiós! —le dije yo, y nos estrechamos la mano con la ilusión de dos amigos íntimos, y nos separamos.

El muralista

ENTENDÁMONOS

martes, 12 de junio de 2007


Entendámonos sin ternuras, me parece que es la mascara tuya para no expresar lo que como mujer quiero, amo la ternura si, pero te deseo por entero, quiero que nos entendamos con palabras amorosas, pero recuerda cuando eran apasionadas que fácil que a un acuerdo llegábamos quizás porque el sentimiento era tan intenso que todo pasaba a ser algo sin importancia, llenábamos nuestra estancia de nuestra pasión y las palabras sobraban y en nuestros cuerpo el desacuerdo quedaba porque se disolvía con nuestros besos y caricias y los ecos desvanecidos de los años y lo que parecía un todo, se volvía nada, una ilusión en definitiva, hacer el amor nos apagaba el miedo y en el instante posterior llegaba el valor y todo volvía y empezaba con mas furor.
Entendámonos sin ternuras y demos un paseo por la finura que constituye ser un amor total sin divisiones territoriales con tutoriales en cada expresión que ha tenido desde antaño ese sello de nuestro amor que no se porque se te olvida, lo que no quiero es que se divida y que tu pasión me siga dando la vida y podamos comunicarnos en este tono porque es la garantía de que cada día nuestro amor continuara tan intenso como el que mas; amémonos mas y no desarmemos nuestro secreto, porque no es un decreto, siempre ha sido una espontaneidad motivada por nuestro apasionamiento y nuestra libertad.


VICTORIA LUCIA ARISTIZABAL
BOGOTA (COLOMBIA)

Si tú no estás aquí

sumas y restas


No quiero olvidar amores
Que no resulten perfectos.
No quiero sumar errores
Que hagan restar afectos.

No cerrar mi corazón.
Cada oveja de mi rebaño
Pienso y con razón
Perderla ¿no me hace daño?

Las situaciones, el camino
El dolor, el amor
Las emociones, el destino…

Huir del resquemor
Es pisar con tino
Sin el menor temor
VIDIYA

TÆDIUM VITÆ

viernes, 8 de junio de 2007

Retrato de Oscar Wlde por Igor Lysenko

Matar mi juventud con dagas impacientes; ostentar

la librea extravagante de esta edad mezquina;

dejar que cada mano vil se hunda en mi tesoro;

trenzar mi alma al cabello de una mujer

y ser sólo lacayo de Fortuna. Lo juro,

¡no me agrada! Todo eso es menos para mí

que la delgada espuma que se inquieta en el mar,

menos que el vilano sin semilla

en el aire estival. Mejor permanecer alejado

de esos necios que con calumnias se mofan de mi vida,

aunque no me conocen. Mejor el más humilde techo

para abrigar al peón más abatido

que volver a esa cueva oscura de riñas, donde mi alma blanca

besó por vez primera la boca del pecado.

Oscar Wilde

Henri de Toulouse-Lautrec

jueves, 7 de junio de 2007

¡Han latido ya tantos corazones…!

¡Han latido ya tantos corazones sobre la tierra!
Y los pequeños enseres replegados en sus armarios
Narran la siniestra y lamentable historia
De aquellos que en este mundo no encontraron amor.

La vajilla individual de los viejos solteros,
Los cubiertos mellados de la viuda de guerra,
¡Dios santo! Y los pañuelos de las señoritas viejas
El contenido de los armarios, ¡qué cruel es la vida!

Las cosas ordenaditas y la vida vacía
Y comprar, por la tarde, los restos del colmado
La tele puesta para no mirarla, comer sin apetito,

Y, por fin, la enfermedad, que lo hace todo más sórdido,
Y el cansado cuerpo que se deshace en la tierra,
Ese cuerpo sin amor que se apaga sin misterio.
Michel Houellebecq

Corazón

miércoles, 6 de junio de 2007

El corazón se oxida como el hierro,
ya no gime, ni añora, ni enloquece
por la primera lluvia de ansias licenciosas
ni se lamenta como la hierba seca en el verano

Mahmud Darwish

Ashes and Snow / Nella Fantasia

viernes, 1 de junio de 2007

El hacedor



I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
Jorge Luis Borges, 1960