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ENTENDÁMONOS

martes, 12 de junio de 2007


Entendámonos sin ternuras, me parece que es la mascara tuya para no expresar lo que como mujer quiero, amo la ternura si, pero te deseo por entero, quiero que nos entendamos con palabras amorosas, pero recuerda cuando eran apasionadas que fácil que a un acuerdo llegábamos quizás porque el sentimiento era tan intenso que todo pasaba a ser algo sin importancia, llenábamos nuestra estancia de nuestra pasión y las palabras sobraban y en nuestros cuerpo el desacuerdo quedaba porque se disolvía con nuestros besos y caricias y los ecos desvanecidos de los años y lo que parecía un todo, se volvía nada, una ilusión en definitiva, hacer el amor nos apagaba el miedo y en el instante posterior llegaba el valor y todo volvía y empezaba con mas furor.
Entendámonos sin ternuras y demos un paseo por la finura que constituye ser un amor total sin divisiones territoriales con tutoriales en cada expresión que ha tenido desde antaño ese sello de nuestro amor que no se porque se te olvida, lo que no quiero es que se divida y que tu pasión me siga dando la vida y podamos comunicarnos en este tono porque es la garantía de que cada día nuestro amor continuara tan intenso como el que mas; amémonos mas y no desarmemos nuestro secreto, porque no es un decreto, siempre ha sido una espontaneidad motivada por nuestro apasionamiento y nuestra libertad.


VICTORIA LUCIA ARISTIZABAL
BOGOTA (COLOMBIA)

La mujer de luto

jueves, 31 de mayo de 2007

Era un poeta, amigo de la soledad y de la tristeza. En los días grises de la vida, su afán por encontrarse solo se exacerbaba, y como la contemplación de los alrededores madrileños anegaba su espíritu de punzante melancolía, iba al Retiro en busca de impresiones más dulces, y allá, en una plazoleta redonda, en medio de la cual se veía una hermosa fuente con amorcillos montados sobre tritones, se sentaba en un banco y miraba al cielo y a las nubes, y los árboles, y los chorros de agua que salían de la boca de cuatro tortugas de bronce para caer en el interior de unas conchas.
Un día alegre de primavera se sentó en el sitio de costumbre. El viento era fuerte y tosco; los árboles, todavía sin hojas, mostraban sus ramas llenas de brotes hinchados; las violetas esmaltaban los bordes de los senderos con sus colores humildes; los pensamientos mostraban sus pétalos aterciopelados, en los cuales, de lejos, parecía adivinarse caras humanas...
Una jovencita, acompañada de su aya, pasó junto al poeta y se sentó en un banco cercano. Era una niña: tenía en la mirada algo de la claridad de la aurora, lo indefinible del misterio de la cencia que pugna por desaparecer...
Por curiosidad y por infantil coquetería, la niña dirigió al poeta una dulce y animadora sonrisa, y al levantarse, con los ojos le dijo que la siguiera.
La siguió... Llegaron a la puerta del Retiro él, entonces, comenzó a vacilar, se decidió por fin, y en vez de marchar tras de la hermosa niña que le sonreía con dulzura, tomó otra dirección y se alejó, sombrío, hasta perderse de vista.
En los comienzos del verano, en la misma plazoleta en cuyo centro se veía la fuente adornada con amorcillos, el poeta amigo de la soledad y de la tristeza admiró varias veces a una muchacha hermosa, exuberante de salud y de vida. Horas enteras pasó mirándola, sin atreverse a decirla una palabra, con el corazón turbado por intensas sensaciones.
Un día, aprovechando una ocasión, venciendo sus timideces, la habló; la habló con entusiasmo. Era una mañana húmeda, tibia, bañada por el rocío; el cielo era azul, el sol doraba el follaje brillante de los árboles y caía en manchas amarillas sobre el oscuro césped.
— ¿No podré esperar? —la preguntó el poeta. Ella callaba; dibujaba rayas y rayas en la arena con la sombrilla, y sonreía.
Pasaban por su lado turbas de chiquillos traviesos; alguno que otro vago solitario les contemplaba con algo de curiosidad y de envidia. Los gorriones saltaban en la hierba y piaban en los árboles; las hojas tenían, al ser movidas por el viento, un dulce murmullo suave.
---¿podré esperar? —volvió a preguntar el poeta.
Ella callaba, levantaba sus ojos hacia él, y, sonriendo, volvía a mirar al suelo.
De lejos llegaba, lento y melancólico, un rumor, en el cual se mezclaban los gritos de los vendedores de claveles, el ruido amortiguado de coches y tranvías, el tañido de una campana y el silbido de un tren. Pasaban como flechas, lanzando destellos al sol, moscardones negruzcos y mariposas de tortuoso vuelo y de variados colores: el aire arrastraba por el suelo pedacillos de hojas; en los árboles chirriaban las cigarras; un lamento lejano, intenso, rítmico como el latido de un corazón llegado no sé de dónde, vibraba en el aire y embotaba los sentidos, produciendo una extraña y lánguida angustia. La brisa vertía en sus ráfagas gérmenes de amores y de vida.
— ¿Podré esperar? —volvió a decir, tímidamente, el poeta.
—Mañana le daré una contestación —contestó ella, sonriendo.
Al día siguiente el poeta no fue al Retiro.
Una tarde, perseguido por sus tristezas, volvió a su paseo predilecto, y se dirigió hacia los sitios de costumbre.
La tarde era de otoño; la tierra estaba mojada por las lluvias de los días anteriores; el cielo, de un azul pálido, estaba lleno de nubes blancas. Los árboles, ya de poco espeso follaje, dejaban ver en lo alto de sus copas el entrecruzamiento de las ramas negras; aún les quedaba alguna que otra mancha verde entre los tonos rojizos de las hojas mustias y secas. Los troncos de los árboles se alineaban, oscuros, sobre la alfombra amarillenta de hojas caídas que cubría la hierba; aquí y allá brillaban claridades blancas del sol al reflejarse en la arena de los paseos.
En el banco de la plazoleta vio el poeta dos mujeres, seguramente madre e hija, las dos vestidas de negro; la madre afligida; la hija, pálida, llorosa y triste.
El cielo se nublaba a cada momento; luego el sol salía sin fuerza, dibujando en el suelo sombras sin contornos. El mismo lamento lejano, intenso, rítmico como el latido de un corazón, veía en el viento; pero lleno de quejidos de otoño, de voces de decadencia que hablaba en el alma de la muerte. Una locomotora silbaba a lo lejos, tañía una campana y las hojas secas jugueteaban en el aire.
La madre trataba de consolar a su hija, y la hija lloraba, amargamente, hermosa, más hermosa que nunca, porque las lágrimas y la tristeza dan un encanto misterioso a las mujeres, como las lluvias y las nieblas a los paisajes intelectuales del Norte.
El poeta la siguió anhelante, loco, súbitamente enamorado de ella, sabiendo que era lo imposible y lo arcano.
Y la busca siempre, siempre; a la única amada; porque es imposible y porque es triste, y la busca siempre...
Con la mirada extraviada y loca, la busca siempre y no la ve nunca; no la ve nunca, porque quizá no es más que un reflejo de su espíritu.

Pio Baroja

Definiciones

lunes, 26 de febrero de 2007

Pintura de Ernesto Tatafiore

Podríamos tener una discusión sobre el amor.
Yo te diría que amo la curiosa manera
en que tu cuerpo y mi cuerpo se conocen,
exploradores que renuevan el más antiguo acto del conocimiento.
Diría que amo tu piel y que mi piel que te ama,
Que amo la escondida torre
que de repente se alza desafiante
y tiembla dentro de mí
buscando la mujer que anida
en lo más profundo de mi interior de hembra.

Diría también que amo tus ojos
que son limpios y que también me penetran
con vaho de ternura o de preguntas.
Diría que amo tu voz
sobre todo cuando decís poemas,
pero también cuando sonás serio,
tan preocupado por entender
este mundo tan ancho y tan ajeno.

Diría que amo encontrarte y sentir
dentro de mí una mariposa presa
aleteándome en el estómago
y muchas ganas de reírme
de la pura alegría de que existía y estás,
de saber que te gustan las nubes
y el aire frío de los bosques de Matagalpa.

Podríamos discutir si es serio esto que te digo.
Si es una quemadura leve, de segundo, tercero,
primer grado.
Si hay o no que ponerle nombre a las cosas.
Yo sólo una simple frase afirmo
Te amo.

Gioconda Belli- Nicaragua, 1948

Instrucciones para subir una escalera

domingo, 25 de febrero de 2007


Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Julio Cortazar - Argentina (1914-1984)

No culpes a nadie

martes, 20 de febrero de 2007

Fotografía de Marina Cano


Nunca te quejes de nadie, ni de nada, porque fundamentalmente TÚ has hecho
lo que querías en TU vida.

Acepta la dificultad de edificarte a ti mismo y el valor de empezar corrigiéndote.

El triunfo del verdadero hombre surge de las cenizas de su error.

Nunca te quejes de TU soledad o de TU suerte, enfréntala con valor y acéptala.
De una manera u otra eres el resultado de tus actos y prueba que TÚ siempre has de ganar.

No te amargues de TU propio fracaso ni se lo cargues a otro, acéptate ahora o seguirás
justificándote como un niño. Recuerda que cualquier momento es bueno para comenzar
y que ninguno es tan terrible para claudicar.

No olvides que la causa de TU presente es TU pasado así como la causa de TU futuro
será TU presente. Aprende de los audaces, de los fuertes, de quien no acepta situaciones,
de quien vivirá a pesar de todo. Piensa menos en tus problemas y más en TU trabajo;
tus problemas, sin alimentarlos, morirán.

Aprende a nacer desde el dolor y a ser más grande que el más grande de los obstáculos.
Mírate en el espejo de ti mismo y serás libre y fuerte y dejarás de ser un títere de las
circunstancias porque tú mismo eres TU destino. Levántate y mira el Sol por las mañanas
y respira la luz del amanecer. TÚ eres parte de la fuerza de TU vida, ahora despiértate,
lucha, camina, decídete y triunfarás en la vida; nunca pienses en la suerte, porque la suerte
es el pretexto de los fracasados.

Pablo Neruda