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¡Libros! ¡Libros!

lunes, 20 de junio de 2011



Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

Federico García Lorca

Locución al Pueblo de Fuentevaqueros (Granada). Septiembre 1931.

El encanto de un mapa

martes, 10 de mayo de 2011

Ése es el encanto de un mapa. Representa el otro lado del horizonte, donde todo es posible. Tiene la magia de lo imaginado pero sin el esfuerzo y el sudor de lo real. La novela más grande jamás escrita palidece ante las posibilidades de aventura que esconden las tenues huellas azules desde un mar a otro mar. El viaje perfecto nunca termina, la meta está siempre en la orilla opuesta del río, al otro lado de la siguiente montaña. Hay siempre un sendero más que seguir, un espejismo más que explorar. No llegar nunca a la meta es el precio que el viajero errante paga por el derecho a la aventura.


Rosita Forbes

Elegía a María Blanchard

domingo, 24 de abril de 2011

Retrato de María Blanchar 1921.

La autora del cuadro es la pintora sueca

Tora Vega Holmström (1880-1967).


Yo no vengo aquí, ni como crítico ni como conocedor de la obra de María Blanchard, sino como amigo de una sombra. Amigo de una dulce sombra que no he visto nunca pero que me ha hablado a través de unas bocas y de unos paisajes por donde nunca fue nube, paso furtivo o animalito asustado en un rincón. Nadie de los que me conocen pueden sospechar esta amistad mía con María Gutiérrez Cueto, porque jamás hablé de ella, y aunque iba conociendo su vida a través de relatos originales, siempre volvía los ojos al otro lado, como distraído, y cantaba un poco porque no está bien que la gente sepa que un poeta es un hombre que está siempre ¡por todas las cosas! a punto de llorar.

¿Usted conocía a María Blanchard? Cuénteme...

Uno de los primeros cuadros que yo vi en la puerta de mi adolescencia, cuando sostenía ese dramático diálogo del bozo naciente con el espejo familiar, fue un cuadro de María. Cuatro bañistas y un fauno. La energía del color puesto con la espátula, la trabazón de las materias y el desenfado de la composición me hicieron pensar en una María alta, vestida de rojo, opulenta y tiernamente cursi como una amazona.

Los muchachos llevan un carnet blanco, que no abren más que a la luz de la luna, donde apuntan los nombres de las mujeres que no conocen para llevarlas a una alcoba de musgos y caracoles iluminados, siempre en lo alto de las torres. Esto lo cuenta Wedekind muy bien y toda la gran poesía lunar de Juan Ramón está llena de estas mujeres que se asoman como locas a los balcones y dan a los muchachos que se acercan a ellas una bebida amarguísima de tuétano de cicuta.

Cuando yo saqué mi cuartilla para apuntar el nombre de María y el nombre de su caballo me dijeron: Es jorobada.

Quien ha vivido como yo y en aquella época en una ciudad tan bárbara bajo el punto de vista social como Granada, cree que las mujeres o son imposibles o son tontas. Un miedo frenético a lo sexual y un terror al "que dirán" convertían a las muchachas en autómatas paseantes, bajo las miradas de esas mamás fondonas que llevaban zapatos de hombre y unos pelitos en el lado de la barba.

Yo había pensado con la tierna imaginación adolescente que quizá María, como era artista, no se reiría de mí por tocar al piano 'latazos clásicos', o por intentar poemas, no se reiría, nada más, con esa risa repugnante que muchachas y muchachos y mamás y papás sucios tenían para la pureza y el asombro poético, hasta hace unos años, en la triste España del 98.

Pero María se cayó por la escalera y quedó con la espalda combada expuesta al chiste, expuesta al muñeco de papel colgado de un hilo, expuesta a los billetes de lotería.

¿Quién la empujó? Desde luego la empujaron; 'alguien', Dios, el demonio, alguien ansioso de contemplar a través de pobres vidrios de carne la perfección de un alma hermosa.

María Blanchard viene de una familia fantástica. El padre, un caballero montañés, la madre una señora refinada; de tanta fantasía que casi era prestidigitadora. Cuando anciana iban unos niños amigos míos a hacerle compañía y ella, tendida en su lecho, sacaba uvas, peras y gorriones de debajo de la almohada. No encontraba nunca las llaves y todos los días tenía que buscarlas y las hallaba en los sitos más raros, por debajo de las camas o dentro de la boca del perro. El padre montaba a caballo y casi siempre volvía sin él, porque el caballo se había dormido y le daba lástima el despertarlo.

Organizaba grandes cacerías sin escopetas y se le borraba con frecuencia el nombre de su mujer. En esta distracción y este dejar correr el agua, María Gutiérrez se iba volviendo cada vez más pequeña, una mano le tiraba de los pies y le iba hundiendo la cabeza en su cuerpo como un tubo de 'Don Nicanor que toca el tambor'.

En este tiempo que corresponde a la apoteosis final de Rubén, vi yo el único retrato de María que he visto, y era una criatura triste, no sé de quién, en la que está al lado de Diego Rivera el pintor mexicano, verdadera antítesis de María, artista sensual que ahora, mientras que ella sube al cielo, él pinta de oro y besa el ombligo terrible de Plutarco Elías Calles.

En la época en que María vive en Madrid y cobija en su casa a todo el mundo, a un ruso, y a un chino, a quien llame a la puerta, presa ya de este delicado delirio místico que ha coronado con camelias frías de Zurbarán su tránsito en París.

La lucha de María Blanchard fue dura, áspera, pinchosa, como rama de encina, y sin embargo no fue nunca una resentida, sino todo lo contrario, dulce, piadosa, y virgen.

Aguantaba la lluvia de risa que causaba, sin querer, su cuerpo de bufón de ópera, y la risa que causaban sus primeras exposiciones, con la misma serenidad que aquel otro gran pintor, Barradas, muerto y ángel, a quien la gente rompía sus cuadros y él contestaba con un silencio recóndito de trébol o de criatura perseguida.

Aguantaba a sus amigos con capacidad de enfermera, al ruso que hablaba de coches de oro, o contaba esmeraldas sobre la nieve, o al gigantón Diego Rivera que creía que las personas y las cosas eran arañas que venían a comerlo, y arrojaba sus botas contra las bombillas y quebraba todos los días el espejo del lavabo.

Aguantaba a los demás y permanecía sola, sin comunicación humana, tan sola, que tuvo que buscar su patria invisible, donde corrieran sus heridas mezcladas con todo el mundo estilizado del dolor.

Y a medida que avanzaba el tiempo, su alma se iba purificando y sus actos adquiriendo mayor trascendencia y responsabilidad. Su pintura llevaba el mismo camino magistral, desde el cuadro famoso de La primera comunión hasta sus últimos niños y maternidades, pero atormentada por una moral superior daba sus cuadros por la mitad del precio que le ofrecían, y luego ella misma componía sus zapatos con una bella humildad.

La vida y pasión de Cristo fue tomando luz en su vida y, como el gran Falla, buscó en ella norma, dogma y consuelo. No con beatería, sino con obras, con grave dolor, con claridad, con inteligencia. Lo más español de María Blanchard es esta busca y captura de Cristo, Dios y varón realísimo; no al modo de la fantástica Catalina de Siena que se llega a casar con el niño Jesús y en vez de anillos se cambian corazones, sino de un modo seco, tierra pura y cal viva, sin el menor asomo de ángeles o milagro.

Su cintura monstruosa no ha recibido más caricia que la de ese brazo muerto y chorreando sangre fresca, recién desclavado de la cruz.

'Ese mismo brazo fue el que, lleno de amor, la empujó por la escalera para tenerla de novia y deleite suyo, y esa misma mano la ha socorrido en el terrible parto, en que la gran paloma de su alma apenas si podía salir por su boca sumida. No cuento esto para que meditéis su verdad o su mentira, pero los mitos crean al mundo, y el mar estaría sordo sin Neptuno y las olas deben la mitad de su gracia a la invención humana de la Venus.

Querida María Blanchard: dos puntos... dos puntos, un mundo, la almohada oscurísima donde descansa tu cabeza...

La lucha del ángel y el demonio estaba expresada de manera matemática en tu cuerpo.

Si los niños te vieran de espaldas exclamarían: "¡La bruja, ahí va la bruja!". Si un muchacho ve tu cabeza asomada sola en una de esas diminutas ventanas de Castilla exclamaría: "¡El hada, mirad el hada!". Bruja y hada, fuiste ejemplo respetable del llanto y claridad espiritual. Todos te elogian ahora, elogian tu obra los críticos y tu vida tus amigos. Yo quiero ser galante contigo en el doble sentido de hombre y de poeta, y quisiera decir en esta pequeña elegía, algo muy antiguo, algo, como la palabra 'serenata', aunque naturalmente sin ironía, ni esa frase que usan los falsos nuevos de 'estar de vuelta'. No. Con toda sinceridad. Te he llamado jorobada constantemente y no he dicho nada de tus hermosos ojos, que se llenaban de lágrimas, con el mismo ritmo que sube el mercurio por el termómetro, ni he hablado de tus manos magistrales.

Pero hablo de tu cabellera y la elogio, y digo aquí que tenías una mata de pelo tan generosa y tan bella que quería cubrir tu cuerpo, como la palmera cubrió al niño que tú amabas en la huida a Egipto. Porque eras jorobada, ¿y qué? Los hombres entienden poco las cosas y yo te digo, María Blanchard, como amigo de tu sombra, que tú tenías la mata de pelo más hermosa que ha habido en España.


Federico García Lorca



Conferencia de Federico García Lorca en el Ateneo de Madrid, en 1932, después de la muerte de María Blanchard.

Caín

lunes, 21 de junio de 2010

Ya comenzaban a pesarle los ojos cuando una voz juvenil de muchacho lo sobresaltó. Padre, dijo el joven, y luego otra voz, de adulto de cierta edad, preguntó, Qué quieres, Isaac, Llevamos aquí el fuego y la leña, pero dónde está la víctima del sacrificio. Y siguieron subiendo la cuesta (…) Hará unos tres días, no mucho más, el señor le dijo a Abraham, padre del muchachito que llevaba en la espalda el haz de leña, Llévate contigo a tu único hijo, Isaac, a quien tanto quieres, vete a la región de la moria, y me lo ofreces en sacrificio sobre uno de los montes que te indicaré (…) Lo lógico, lo natural, lo simplemente humano hubiera sido que Abraham mandara al señor a la mierda, pero no fue así. A la mañana siguiente, el desnaturalizado padre se levantó temprano para poner los arreos en el burro, preparó la leña para el fuego del sacrificio y se puso en camino hacia el lugar que el señor le había indicado, llevando consigo dos criados y a su hijo Isaac. Al tercer día de viaje, Abraham vio de lejos el sitio señalado. Les dijo entonces a los criados, Quedaos aquí con el burro que yo voy hasta más arriba con el niño para adorar al señor y después regresaremos hasta donde estáis. Es decir, además de ser tan hijo de puta como el señor Abraham era un refinado mentiroso, dispuesto a engañar a cualquiera con su lengua bífida, que, en este caso, según el diccionario privado del narrador de esta historia, significa traicionera, pérfida, alevosa, desleal y otras lindezas semejantes. Llegando así al lugar del que el señor le había hablado, Abraham construyó un altar y acomodó la leña encima. Después ató a su hijo y lo colocó en el altar, sobre la leña. Acto seguido levantó el cuchillo para sacrificar al pobre muchacho y ya se disponía a cortarle el cuello cuando sintió que alguien le sujetaba el brazo, al mismo tiempo que una voz gritaba, Qué va a hacer, viejo malvado, matar a su propio hijo, quemarlo, otra vez la misma historia, se comienza por un cordero y se acaba asesinado a quien más debería amar, Ha sido el señor quien me lo ha ordenado, se debatía Abraham, Cállese, o quien mate aquí seré yo, desate ya al niño, arrodíllese y pídale perdón, Quién es usted, Soy Caín, soy el ángel que le ha salvado la vida a Isaac.

José Saramago
(Fragmento de su obra Caín)

La zozobra

viernes, 5 de febrero de 2010

El día que vi desde la ventana la zozobra de Giacometti

“En la calle, en el café, las gentes me asombran y me atraen más que cualquier pintura o escultura. Un día huí del Louvre por no poder soportar más, no las obras, sino la verdad de los rostros. En todo momento, los hombres se juntan y se separan, y luego se aproximan para intentar reunirse de nuevo. Así, forman y transforman sin cesar vivas composiciones de increíble complejidad. La totalidad de esta vida es lo que quiero captar”.

Hombres que avanzan, hombres que zozobran. Las plazas llenas de soledad afilada, cada sombra con sus pensamientos. Los alambres de las espaldas y de los torsos, la escueta línea de las piernas sin músculos, los pasos casi aéreos. Y sin embargo caen las preocupaciones sobre el bronce, la carga de la existencia en los hombros.

”Antes creía ver a los personajes de tamaño natural. Cuanto más retrocedía para conservarlos enteros, más disminuían. Sólo desde 1946 comencé a percibir esa distancia que hace a los hombres reales y no el tamaño natural. Mi visión se hizo más amplia”.
Hombre que avanza, hombre que zozobra. Hombre que atraviesa el estudio con otro hombre en brazos. Hombre que cree avanzar y ve que la zozobra le invade. Hombre que se yergue de nuevo ante la zozobra y que sigue avanzando.
En el fondo, siempre cinco o seis temas.

A. Giacometti

La conciencia

miércoles, 4 de noviembre de 2009

No cabe duda: si hay una hora del día en que la conciencia goza todos sus fueros, es la del despertar. Se distingue muy bien de colores después del descanso nocturno y el paréntesis del sueño. Ambiciones y deseos, afectos y rencores se han desvanecido entre una especie de niebla; faltan las excitaciones de la vida exterior; y así como después de un largo viaje parece que la ciudad de donde salimos hace tiempo no existe realmente, al despertar suele figurársenos que las fiebres y cuidados de la víspera se han ido en humo y ya no volverán a acosarnos nunca. Es la cama una especie de celda donde se medita y hace examen de conciencia, tanto mejor cuanto que se está muy a gusto, y ni la luz ni el ruido distraen. Grandes dolores de corazón y propósitos de la enmienda suelen quedarse entre las mantas.

Emilia pardo Bazán

La insolación

Hace un año ya

lunes, 20 de octubre de 2008



  Porque soy animal de la noche, insomne lechuza de tertulias, que hace de la sombra una larga puntada entre dos luces.
   
   Porque la nana para vivir despierto, que no para no dormir, siempre fue una radio que me hablaba desde la terraza de la mesilla. 
   
   Porque he hallado amigos y maestros en esa pajarera ciega de la radio.
   
   Cuando su voz templada, sabia palabra de la noche, ocupaba los 32 rumbos de la noche brillando en la Rosa de los Vientos, me hice de los suyos, y lamentaba tenerme que bajar, disciplina del madrugón, de su vagón de aventura, de su globo de misterio, de la nada que pilotaba su talento.
   
   Todo en Él era noche. Cantaba la negra sosa que cuando muere el cantor, muere la vida. Cuando muere alguien que hace andar y hablar la noche, muere la noche.
   
   Resucitará en otras voces, sí. Pero en el infinito, ya para siempre, veremos una negra y ciega Rosa de los Vientos en el ojal de la madrugada. 
   
   Descansa en paz Juan Antonio Cebrián, Hermano de la noche.

                                                                        Antonio García Barbeito 

Gobiernos que no gobiernan

sábado, 11 de octubre de 2008

Alguien ha dicho que España es una nación muerta, que este pueblo es ingobernable y un hervidero de pasiones, entre las cuales no brilla la esperanza. Patente es la contradicción. Donde hierven las pasiones hay vida, y donde hay vida hay esperanzas. De que un pueblo no se deje gobernar por un régimen determinado, no se deduce que sea en absoluto ingobernable.

El alma española considera como transitorio el estado de cosas actual, y quiere una revolución que ponga fin a la interinidad en que el país se encuentra, que es una serie inacabable de perturbaciones, tiranías y represalias, porque las tiranías traen necesariamente la revolución.

No haya tiranía, y el alma española se dejará gobernar.

* * *

Hoy son permitidas las huelgas. Entre los recuerdos vagos y nebulosos de mi primera infancia se destaca, vigorosamente y con terrible claridad, un cuadro de horror. Cuatro soldados, provistos de sendas varas, impelían a varazos, y casi a la carrera, hacia la tahona donde se amasaba el pan de munición que se daba a la tropa de Cádiz, a unos cuantos panaderos que habían dejado el trabajo porque el asentista les había rebajado el jornal.

Todavía resuena en mi oído el varazo que en la casi desnuda espalda recibió, al pasar rozando conmigo, uno de los que hoy llamaríamos huelguistas.

Naturalmente, sólo vive en mi recuerdo la imagen de aquel tropel. La explicación apenas fue comprendida entonces por mí.

El alma española es ingobernable a varazos.

Hoy las huelgas suelen resolverse a tiros, pero el obrero no trabaja a golpes, como en los últimos días de Fernando VII. Si no muere, queda a salvo su dignidad de hombre.

* * *

Hubo un tiempo en que no era inviolable el domicilio; en que no era permitido aspirar a los puestos oficiales por los merecimientos propios, sino por la virtud de rancios pergaminos que testificasen la limpieza de la sangre o la antigüedad de la sangre azul; en que era punible la vitanda manía de pensar; en que la horca se imponía al pensamiento, y en que los hombres más distinguidos del país tenían que comer el pan de la emigración. ¿Podía ser gobernable con la horca y la emigración el alma del país?

* * *

Para asegurar los derechos de la personalidad humana, derramó España la sangre de sus hijos durante una asoladora guerra civil de siete años. La reacción carlista quedó vencida. Pero otra reacción se levantó formidable en medio de los vencedores para privarlos de los derechos conquistados. Gravó la Prensa con el depósito previo y el editor responsable; la esclavizó después con el lápiz rojo de los arbitrarios fiscales de imprenta; hizo enmudecer a la tribuna y a la joven democracia; holló los fueros y la majestad del Parlamento, y al fin, por una insensatez inconcebible, erigió en sistema de gobierno las llagas de Sor Patrocinio y el Patrocinio de las llagas.

¿Podía dejarse gobernar el alma española por las llagas de Sor Patrocinio?

¿Cómo no había de estallar la revolución iniciada en la bahía de Cádiz? ¿Por qué acusar de ingobernable al pueblo que no quiso sufrir el yugo de la monja milagrera?

* * *

El alma española no concibe hoy la existencia sin el desenvolvimiento íntegro de sus facultades físicas, intelectuales y morales, y no quiere la vida sin la inviolabilidad del hogar; sin la libertad de la palabra; la libertad de la Prensa; la libertad del trabajo; la conciencia libre, nunca molestada en la santidad de las creencias; sin la facultad de reunión; sin influencia en las decisiones de la justicia humana por medio del Jurado, y sin intervención en el gobierno de la sociedad por la soberanía del sufragio.

Si se ataca a esta soberanía, el alma española será tan ingobernable como siempre que se ha hecho pesar sobre ella la intolerancia de la arbitrariedad y de la tiranía.

* * *

El alma, española se siente con los bríos de la invención y del progreso. España que enseñó a Europa el arte de la navegación y de la minería, que levantó Catedrales como las de Burgos y Sevilla, León y Toledo; que en las artes del pincel y de la palabra no reconoce rival, se siente avergonzada de que no exista ni un solo apellido de Castilla en la gloriosa falange de los grandes genios cuyas creaciones conducen hacia el progreso a los pueblos civilizados.

La máquina de vapor se denomina de Watt; la caldera tubular lleva el nombre de Seguín; la locomotora el de Stephenson; el telar mecánico fue invención de Arkwright; la pila se debe a Volta; a Davy la luz eléctrica, las aplicaciones de la electricidad han inmortalizado los nombres de Faraday y de Ampère; Niepce y Daguerre hallaron la fotografía; Bunsen y Kirchhoff el análisis espectral; el fonógrafo pertenece a Edisson; el teléfono a Grahan Bell; los rayos X a Roentgen, y a Marconi el telégrafo sin hilos.

España quiere respirar la atmósfera de la invención, para que allí se formen los hombres que han de seguir a Echegaray, Cajal y Torres Quevedo. Quiere un sistema de enseñanza que nutra los entendimientos con la savia del porvenir. Quiere un gobierno que no ponga grillos a la enseñanza, y será ingobernable hasta que tal consiga.

* * *

En España nunca imperaron los horrores del feudalismo en la Edad Media; aquí jamás hubo siervos del terruño, y hoy un generoso espíritu altruista hace mirar con lástima en el corazón al bracero del campo, al obrero del taller y de la fábrica, al marinero que afronta la tempestad y a los que contratan el suicidio para trabajar en las minas de Almadén o de Bilbao.

A todos hay que dar alimento, vestido e instrucción, y hacer que para ellos sean realidades todos los derechos que permiten al hombre moderno el íntegro desenvolvimiento de sus energías físicas, intelectuales y morales, elevándolo a la dignidad de ciudadano desde la de casi esclavo que es ahora.

Mientras que haya latifundios sin cultivo y explotaciones que se alimentan de la salud humana, el país será ingobernable y estará siempre conturbado por las desperaciones de los oprimidos.

El hambre no se deja gobernar por la explotación.

* * *

No hay nada que tenga más fuerzas que las rutinas y las tradiciones, que viven de los privilegios. Pero al correr de los años, el espíritu de lo nuevo penetra en las conciencias, se apodera de la opinión, rechaza las rutinas y se rebela contra las tiranías de lo antiguo. Y ese espíritu nuevo no se deja gobernar por un régimen caduco, y, de no satisfacerse sus exigencias, demanda la satisfacción de sus aspiraciones, si no por medios evolutivos, por el estallido de la revolución.

* * *

No hay país más gobernable que España cuando la nación se siente animada de una idea generosa.

España no quería la guerra contra Cuba, porque España odiaba la esclavitud negrera. Y, sin embargo, dio la flor de su juventud para sostener el prestigio nacional en una guerra provocada por un gobierno incapaz de comprender que era imposible triunfar con nuestros escasos recursos, de una República que, al concluir la guerra de secesión, tenía en el Norte de los Estados Unidos, novecientos mil soldados y en el ya vencido Sur ciento veinte mil, armados y equipados como entonces no los tenía nación ninguna del mundo.

Pretender gobernar con los procedimientos antiguos a los hombres que sienten entusiasmos por los ideales nuevos, es la mayor locura que puede trastornar a los que no tienen fe en lo mismo que defienden. Y el que no tiene fe no puede triunfar de quien la tiene. Sólo acabarán las perturbaciones dejando desarrollar las grandes iniciativas del alma nacional.

España será ingobernable mientras esté mal gobernada.

Gobernar sin fe es desencadenar la revolución.

Eduardo Benot

Planeta azul

viernes, 5 de septiembre de 2008


Hemos de hacer todo cuanto esté en nuestras manos, hemos de luchar (...) para que no muera una roca redonda, inmensa, una roca con corazón de hierro y basalto, una roca con piel de agua y nubes, una roca con voz de trinos de pájaros y rumor de brisa, en la que se está mezclando con demasiada fuerza el estruendo de las máquinas inventadas por los hombres; una roca que viaja por el espacio tripulada por la especie humana y por todos los animales vivientes; una roca que a mi me gusta llamar planeta azul.
Félix Rodríguez de la Fuente

Palabras de Sábato

martes, 15 de julio de 2008

Una biblioteca oscura y triste

viernes, 6 de junio de 2008

Las bibliotecas han cambiado mucho desde el día en que, en la Lisboa de finales de los años treinta, entré por primera vez en una de ellas. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse parado, con armarios que forraban las paredes desde el suelo hasta casi el techo, las mesas largas con sus pequeñas estanterías móviles a la espera de los lectores, que nunca eran muchos. El bibliotecario se sentaba al fondo de la sala, detrás de un escritorio antiguo, de esos de palo santo labrado. La biblioteca olía a papeles viejos y a cera de abejas, también un poco a humedad, a moho, tal vez porque las ventanas se abrían de tarde en tarde, al menos siempre me parecen cerradas cuando las recuerdo. También es cierto que nunca fui a la biblioteca durante el horario diurno de funcionamiento, por lo tanto no sé cómo sería el ambiente, si las pesadas contraventanas se abrirían para que la luz del día pudiera entrar. Probablemente sí. Yo era un lector de los nocturnos, salía de casa después de cenar (entonces la cena era a las ocho), caminaba los dos o tres kilómetros que separan el barrio de Penha de França, donde vivía, del Campo Pequeno, e iba a leer. Exactamente, iba a leer. Era un adolescente que no tenía libros en casa, excepto los de estudio, y que quería saber por sí mismo qué era realmente eso que se llamaba literatura. No había pedido consejos a personas sabias sobre la mejor manera de encaminar didácticamente sus experiencias, cada vez que entraba en la biblioteca era como si desembarcara en una isla desierta y tuviera que abrir un camino por no se sabía dónde, ni le importaba mucho. Leía sin ningún objetivo, leía porque le gustaba leer y nada más. Era bastante ingenuo para atreverse a descifrar elParaíso perdidoz de Milton sin conocer nada de la literatura inglesa. O el Quijote sin saber más de Cervantes que en cierta ocasión dijo que el portugués era el castellano sin huesos. Leía más los clásicos que los modernos, sin método, aunque con cierto sentido de la disciplina. Si le gustaba especialmente un autor, intentaba leer toda su obra, tarea muchas veces imposible, como fue el caso de Camilo Castelo Branco. Medio conscientemente se dió cuenta de que tendría mucho que ganar si saboreaba despacio los sermones del Padre Antonio Vieira, pero confiesa que algunas veces tenía que abandonarlos por el mismo motivo que nos obliga a cerrar los ojos ante una luz demasiado fuerte. Además, como se suele decir, le faltaba vocabulario. Recorría con atención las hojas dactilografiadas donde estaban las obras que habían llegado hacía poco a la biblioteca, y entre ellas elegía alguna, un poco por los títulos, un poco por los nombres de los autores. Con el paso del tiempo aprendió a establecer relaciones entre unos y otros, observaba que la memoria de lo que ya había leído enriquecía sorprendentemente la lectura que estaba haciendo en aquel momento, el camino por donde andaba se le iba haciendo más firme a cada día. No puedo recordar con exactitud cuánto tiempo duró esta aventura, pero lo que sé sin duda es que de no ser por aquella biblioteca antigua, oscura, casi triste, yo no sería el escritor que soy. El Ensayo sobre la Ceguera comenzó a ser escrito allí.

JOSÉ SARAMAGO
Mi biblioteca: La revista del mundo bibliotecario, ISSN 1699-3411, N.º 1, Abril 2005, pág. 10.

© Fundación Alonso Quijano.

Ante la Ley

jueves, 8 de mayo de 2008



Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Frank Kafka

El caballo

viernes, 7 de marzo de 2008

Estampa taurina de Francisco de Goya

Una cornada en el corazón mata al caballo,
una estocada en la misma víscera derriba al toro,
que a su vez, en derrote desesperado y vengador,
abre al lidiador el pericardio.
Puestos que todos poseen
un corazón y un sistema nervioso complicado
¿concederemos alma a los tres o a uno sólo?
Y si nos decidimos por la última disyuntiva
¿se la otorgaremos al caballo inocente,
al toro feroz
o al hombre rudo
que en vez de cultivar la tierra,
tiene por oficio destruir los animales
que ayudan a labrarla?
¿Quién es menos bruto de los tres
y el más digno de la inmortalidad del espíritu?
Para mí la cuestión no ofrece la menor duda;
el caballo.

Santiago Ramón y Cajal

No estás deprimido

miércoles, 27 de febrero de 2008


No estás deprimido, estás distraído, distraído de la vida que puebla. Distraído de la vida que te rodea: delfines, bosques, mares, montañas, ríos. No caigas en lo que cayó tu hermano, que sufre por un ser humano cuando en el mundo hay 5,600 millones. Además no es tan malo vivir solo. Yo la paso bien, decidiendo a cada instante lo que quiero hacer, y gracias a la soledad me conozco, algo fundamental para vivir. 

No caigas en lo que cayó tu padre, que se siente viejo porque tiene 70 años, olvidando que Moisés dirigía el éxodo a los 80 y Rubinstein interpretaba como nadie Chopin a los 90. Sólo por citar dos casos conocidos. 
No estás deprimido, estás distraído, por eso crees que perdiste algo, lo que es imposible, porque todo te fue dado. No hiciste ni un solo pelo de tu cabeza por lo tanto no puedes ser dueño de nada. Además, la vida no te quita cosas, te libera de cosas. Te aliviana para que vueles más alto, para que alcances la plenitud. De la cuna a la tumba es una escuela, por eso lo que llamas problemas son lecciones. No perdiste a nadie, el que murió simplemente, se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón. 
¿Quién podría decir que Jesús está muerto? No hay muerte: hay mudanza. Y del otro lado te espera gente maravillosa: Gandhi, Michelangelo, Whitman, San Agustín, la Madre Teresa, tu abuela y mi madre, que creía que la pobreza está más cerca del amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas, y nos aleja por que nos hace desconfiados. 
Haz sólo lo que amas y serás feliz, y el que hace lo que ama, está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar, porque lo que debe ser será, y llegará naturalmente. No hagas nada por obligación ni por compromiso, sino por amor. Entonces habrá plenitud, y en esa plenitud todo es posible. Y sin esfuerzo porque te mueve la fuerza natural de la vida, la que me levantó cuando se cayó el avión con mi mujer y mi hija; la que me mantuvo vivo cuando los médicos me diagnosticaban 3 ó 4 meses de vida. Dios te puso un ser humano a cargo, y eres tú mismo. A ti debes hacerte libre y feliz, después podrás compartir la vida verdadera con los demás. Recuerda a Jesús: "Amarás al prójimo como a ti mismo". 
Reconcíliate contigo, ponte frente al espejo y piensa que esa criatura que estás viendo es obra de Dios; y decide ahora mismo ser feliz porque la felicidad es una adquisición. Además, la felicidad no es un derecho sino un deber, porque si no eres feliz, estás amargando a todos los que te aman. Un solo hombre que no tuvo ni talento ni valor para vivir, mandó a matar seis millones de hermanos judíos. 
Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo. Tenemos para gozar la nieve del invierno y las flores de la primavera, el chocolate de la Perugia, la baguette francesa, los tacos mexicanos, el vino chileno, los mares y los ríos, el fútbol de los brasileiros, Las Mil y Una Noches, la Divina Comedia, el Quijote, el Pedro Páramo, los boleros de Manzanero y las poesías de Whitman, Mahler, Mozart, Chopin, Bethoven, Caravaggio, Rembrant, Velázquez, Picasso y Tamayo entre tantas maravillas. Y si tienes cáncer o sida, pueden pasar dos cosas y las dos son buenas; si te gana, te libera del cuerpo que es tan molesto: tengo hambre, tengo frío, tengo sueño, tengo ganas, tengo razón, tengo dudas....y si le ganas, serás humilde, más agradecido, por lo tanto fácilmente feliz. Libre del tremendo peso de la culpa, la responsabilidad, y la vanidad, dispuesto a vivir cada instante profundamente como debe ser. No estás deprimido, estás desocupado. 
Ayuda al niño que te necesita, ese niño será socio de tu hijo. Ayuda a los viejos, y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas. Además, el servicio es una felicidad segura, como gozar a la naturaleza y cuidarla para el que vendrá. Da sin medida y te darán sin medidas. Ama hasta convertirte en lo amado, más aún hasta convertirte en el mismísimo amor. Y que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas, el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso, una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que le destruya hay millones de caricias que alimenta a la vida.
Facundo Cabral

De las enseñanzas de Don Juan

lunes, 11 de febrero de 2008

Chaman, de Maxi Muñoz

Uno nunca es hombre de conocimiento del todo. Llegar a serlo no dura nada. No es permanente, uno en realidad nunca es, un hombre que sabe. Lo que pasa es que uno tiene un instante de “luz”, de verdadero conocimiento después de vencer a los cuatro enemigos.
Lo que se aprende no es nunca lo que uno hubiera querido, y así se empieza a tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno esperaba. Un enemigo terrible, traicionero y enredado como los cardos, se halla siempre acechando por ahí, escondido, siempre escondido, en cada rendija, el miedo esta siempre Esperando.
Uno debe desafiar al miedo y a pesar de su miedo uno debe seguir aprendiendo, y debe dar otro paso, y otro, y otro. Se debe tener miedo, pero aun así se debe seguir y no parar y menos aun correr ¡esa es la regla! y llega un momento en que el primer enemigo se vuelve atrás y uno empieza a sentirse seguro y tranquilo. La intención se hace aún mas fuerte, el conocimiento no es ya tan espantoso. una vez que se ha vencido al miedo, se esta libre para el resto de la vida, porque en lugar del miedo, se tiene la claridad. La claridad es la que desvanece al miedo, y así sin esperarlo, se encuentra uno ante el segundo enemigo. La claridad. Esa misma claridad que desvaneció al miedo y que es tan difícil de lograr, también enceguece. Pero eso de ver claro es un error, es como si se viera claro, pero incompleto.
Para vencer al segundo enemigo se debe proceder como con el miedo, se debe encarar la claridad y usarla sólo para ver claro, se debe esperar pacientemente y medir bien antes de tomar un nuevo camino. Uno debe pensar sobre todo que su claridad es como un error. Y llegara así el momento cuando se entiende que la claridad es sólo un puntito delante de los ojos. Así es como se vence al segundo enemigo, y se llega a una posición donde ya nada lo puede tocar a uno, ya nada le puede hacer daño y eso no es ilusión, ni tampoco un punto delante de los ojos, ese es el poder. El nuevo rival, uno sabe para ese entonces que el poder que había estado persiguiendo, ya es finalmente de uno, pero así mismo uno se topo también con el tercer enemigo, el poder. El más fuerte de todos los enemigos. Y como es natural lo más fácil es abandonarse a él. Después de todo uno es de veras invencible. Si se encuentra poder. Y así uno empieza a tomar riesgos, riesgos muy calculados al principio y acaba haciendo leyes, reglas, porque uno es invencible, uno es el amo del poder, y ni siquiera nota que el tercer enemigo esta acechándolo, de pronto sin saberlo o sentirlo se pierde de vista y el tercer enemigo lo vence a uno y lo vuelve caprichoso y malo. 
Uno tiene que entender sobre todo que el poder que parece conquistado no es en realidad nunca de uno. Sin entender esto uno se pierde para siempre entre las rendijas de uno mismo. Así es como se vence al tercer enemigo pero para ese entonces ya se esta al final de la travesía por el camino del conocimiento. Y casi sin darle tiempo a uno, casi sin aviso, uno se da el sopetón con el último de sus enemigos, la vejez. El mas cruel de todos, el enemigo que no se vencerá jamás. Para ese entonces ya no se tiene el miedo que oscurece todo o la claridad que lo vuelve a uno impaciente. Para ese entonces todos los poderes están bajo control. Pero uno tiene en cambio un deseo invencible de descansar, el deseo de descansar y olvidar dominarán a la claridad, al poder y al conocimiento.
Pero si uno se despega del cansancio, y vive como manda su destino, hasta el último tirón, uno puede entonces llamarse Hombre de Conocimiento. Aunque sólo sea por esos momentitos cuando se logra ahuyentar al último, al enemigo invencible, esos momentos de claridad, de poder y de conocimiento son suficientes.

12 Notas de Campo inéditas del Nagual Carlos Castaneda

(Resumen personal)